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¿El Estado de todos?, de Daniel Morales

Nací y me crié en Galicia. Vivo en Cataluña. Sigo con bastante interés los acontecimientos políticos que nos han llevado a preguntarnos si esta comunidad debe convertirse en un país independiente. ¿Se trata de cambiar un modelo?, ¿de seguir como estamos con otro nombre?, ¿de cambiar sentimientos? Con el paso del tiempo he llegado a la conclusión de que la guerra de identidades que muchos parecen ver o querer hacer ver en este proceso es irreal o, como mínimo, menos importante de lo que aparenta ser.

¿Me siento gallego, catalán, español, ciudadano del mundo o todo a la vez? La respuesta a esta pregunta es irrelevante, porque en realidad, nada de esto está siendo amenazado, ni por la administración central, ni por las instituciones catalanas. No estamos hablando de una guerra de banderas, de colores o de equipos de fútbol. La identidad de cada uno es tan personal como sagrada y eso jamás estará en cuestión por ningún medio.

El debate verdadero que tenemos los que vivimos en Cataluña es decidir si este Estado español debe seguir siendo el estado de los que aquí vivimos. Recordemos que tenemos estados porque son las herramientas que usamos para vivir en sociedad.

En los que son democráticos, debería haber una separación de poderes, un sufragio para elegir a nuestros gobernantes y un control de su actividad. En definitiva, no tenemos un estado para seguir sintiéndonos catalanes, españoles o de donde sea, lo tenemos para servirnos. Es un medio y no un fin.

Pues bien, este Estado, representado por el equipo de gobierno actual y su no separado Tribunal Constitucional ha invertido los papeles, quizás porque siempre interpretaron que eran los ciudadanos los que le debíamos algo a las instituciones.

Este sistema es capaz de mantener dos modelos fiscales diferentes (foral y común), asegurar que todos somos iguales en una armoniosa solidaridad financiera y dar un portazo a una comunidad que plantee algo diferente. No se corta en rechazar cualquier oferta de diálogo, no vaya a ser que un movimiento en falso haga caer todo el castillo de naipes de 1978. ¿Una consulta para saber que quiere la gente?  Misma negativa.

No importa si votamos “SI”, “SI-NO” o “NO”, queda todo anulado, sucedáneo o no. ¿Hay opiniones que es mejor no escucharlas? Como parece ser que tienen tiempo de sobra y que no hay ministros haciendo colas en los tribunales por corrupción a ambos lados del rio del bipartidismo, toca querella al presidente de la Generalitat y dos consejeras.

Siguiendo con el tiempo libre, llegamos a la suspensión de la ley contra la pobreza energética, ya que resulta que la autonomía no está para defender una vida con suministros básicos. Que no falten los ataques a la inmersión lingüística porque parece que la lengua en la que escribo está muy amenazada.  

Ironías aparte, el tema es serio. No es una batalla entre naciones, entre colores, entre escudos o entre himnos. Estamos ante un estado en contra de una parte de sus ciudadanos.

Una estructura que busca el ahogo económico, social y cultural de los habitantes de una de sus comunidades con la “ley” en la mano. No, no hablamos de identidad. Es indiferente que yo haya nacido en Galicia o Extremadura.

Aquí vivimos gente que proviene de todos los rincones del Estado español  buscado una vida mejor, cada uno con sus sentimientos, sus identidades y sus banderas.

No solo eso, Cataluña ha atraído gente de lugares del planeta que ni sospecharíamos,  a veces con grandes diferencias culturales.  

¿Por qué? Porque, por tradición, aquí todos cabemos. Porque esta ha sido siempre tierra de paso, de integración de la diferencia y de hacer piña. No de líderes que pongan firmes a sus cuadros.

Aquí no da miedo preguntar a la gente, sea para reformar la Diagonal o para crear nuevas comarcas. Un modelo que, por desgracia para ellos y para nosotros, nuestro Estado lleva siglos sin entender.

El 27-S este modelo social que llamamos Cataluña puede comenzar a andar con voz propia o no. Las opciones están abiertas y las cartas sobre la mesa electoral. Y tengo claro que no nos jugamos las identidades, sino la dignidad como ciudadanos.

Daniel Morales Míguez, funcionari (Grup d'opinió Debat Obert)

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